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El bebé

¿Quién soy yo para decirte cómo te debes sentir ante el bebé? Nadie, claro. Un par de voces diferentes en tu cabeza. Sin autoridad. Sólo soy un eco de respuestas que formulas ante diversas situaciones. No tengo forma de confirmarte si el sentimiento de inquietud que tienes mirándolo es cosa tuya, o culpa del propio bebé.


Si por mí fuera, si tuviera el poder de hacerte actuar, si no fuera un simple consejero dentro de tu cabeza, ya habrías matado al bebé. Sí, lo sé, lo sé: ¡qué pensamiento tan horrible! Pero no me digas que no te quitaría un peso de encima. No me digas que no dormirías mejor sin sus ojos clavados en ti en todo momento.


El bebé no te aparta la mirada. No puedes soportarlo más, admítelo.


Claramente hay algo maligno en él. No sabes exactamente qué es, no tienes palabras para poder precisar de qué se trata. Pero no poder nombrarlo no significa que no exista, que no lo sientas con todo tu ser.


Sus llantos se clavan como agujas en tu cerebro. Tal vez por eso me escuchas más hoy que otros días. Necesitas una distracción de ese sonido punzante, de esos berridos primales, de esos lloros que se confunden con alaridos. Admite que tampoco puedes soportar ese sonido perverso.


Ya sabes lo que tienes que hacer, te lo he dicho más de una vez. Sólo tienes que levantarte de la cama y acercarte a él. Ya sabes lo que sigue. Necesitas acallar toda voz que no sea la mía.


Aunque… ¿quién soy yo para decirte cómo te debes sentir ante el bebé?

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