Un verano de Bilbao
- Jone Vicente Urrutia
- 13 ago 2020
- 2 Min. de lectura
Siempre había disfrutado de la lluvia de Bilbao. Le parecía que la ciudad estaba más bonita; como si el color gris le favoreciera; como si el pasado férreo e industrial, ya olvidado, reclamara un protagonismo nostálgico. La lluvia refrescaba el ambiente y tintaba la ciudad de cierta melancolía que calmaba su espíritu. Era el mejor clima para reflexionar taciturnamente en sus paseos diarios.
Sí, siempre había disfrutado de la lluvia de Bilbao. Sin embargo, cuando salió de casa aquel día, maldijo su suerte internamente al observar el chaparrón que caía, sin intención de parar. No estaba de humor para correr a la otra punta de la ciudad en mitad de un aguacero, pero no le quedaba más remedio.
Nada más lanzarse a la calle, abrió su paraguas. Lo cerró al dar un par de zancadas. La lluvia parecía que caía de forma horizontal, y su rapidez se reducía notablemente por la falta de aerodinamismo del paraguas.
Parezco nueva. Me cago en la hostia.
Se abrochó el chubasquero y se puso el choto cubriendo su pelo, ya mojado por los breves instantes que había estado bajo la lluvia.
Tenía que darse prisa.
Mientras corría por su calle, barajó sus opciones: podía ir en metro, en bus, o simplemente correr. Miró su reloj: las cinco y veinticinco. Solo tenía cinco minutos para llegar a tiempo. Sería imposible.
No me da la vida. No puedo esperar ni al metro ni al autobús. Tendré que correr.
Un sudor frío se confundía con la lluvia empapando su frente. Sus piernas parecían no dar mucho más de sí. Los pantalones vaqueros estaban empapados y habían aumentado su peso. Sus pulmones respiraban dificultosamente, exhaustos por el rápido ritmo.
Tendría que ir al gimnasio. Mañana me apunto sin falta.
Aceleró, cruzando el puente mientras la lluvia y el viento le congelaban los huesos.
Me cago en mi vida. Puto frío, joder.
Por fin, cruzó el parque de Doña Casilda y llegó a su destino.
Cuando le abrieron la puerta en la guardería y observaron su lamentable estado, ni siquiera comentaron que había llegado tarde. Hasta su hija dudó unos instantes si abrazarla o no.
Otro día más de verano en Bilbao.





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